Ciudad De México, 22 de junio de 2026.- Han pasado sesenta y dos años desde la muerte de Pedro Armendáriz, quien encarnó con más fuerza que ningún otro actor mexicano de su generación una idea de país. Durante los años cuarenta y cincuenta, las películas mexicanas llegaban al mundo de habla hispana y a buena parte de Europa, consolidando su imagen como el rostro de México para millones de espectadores extranjeros.
Su trayectoria incluye títulos que conmovieron a las masas latinoamericanas como ‘Allá en el Rancho Grande’ y ‘Un día de vida’, esta última tan influyente que logró que Tito se pusiera un sombrero mexicano y visitara México, desatando una ‘mexicomanía’ cinematográfica en los Balcanes durante los años cincuenta y sesenta. En la pantalla, Armendáriz representaba la autoridad moral del cine.
Junto a Emilio Fernández, armó una de las grandes historias del cine latinoamericano. Su relación artística con Dolores del Río fue especial; ninguna otra pareja cinematográfica representó con tanta eficacia lo que el cine mexicano quiso mostrar al mundo. Mientras Del Río aportaba una imagen internacional adquirida en Hollywood, Armendáriz ofrecía la fuerza telúrica del México profundo, una unión que Carlos Monsiváis definió como ‘pedagogía revolucionaria’.
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Pedro Armendáriz no se formó en el teatro ni en una escuela de actuación; estudió ingeniería y anduvo en varios oficios antes de acercarse al cine. La leyenda cuenta que Miguel Zacarías lo descubrió mientras recitaba fragmentos de Shakespeare para impresionar a una joven cuando trabajaba como guía de turistas. Su dominio del inglés le permitió incorporarse a Hollywood por sí mismo, donde directores como John Ford fueron de los primeros en darse cuenta de su talento.
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